Christo y Jeanne-Claude y la resignificación de los monumentos.

 

“Resignificar el monumento” es la consigna enarbolada por quienes en América, tanto la anglosajona como la latina, proponen alternativas al derribo de estatuas y la destrucción de monumentos considerados símbolos inadmisibles de un pasado ignominioso. Y si bien es cierto que hasta la fecha la han enarbolado sin tomar en cuenta o por lo menos citar  los ejemplos mayúsculos ofrecidos por Christo y Jean-Claude, lo cierto es que a partir de ahora no podrán hacerlo sin referirse a la vía libre otorgada por las autoridades de Francia  a la realización de un antiguo proyecto de esta admirable pareja artística: el Arco del Triunfo de Paris. El monumento par excellence de la capital francesa,  la mas sonada y recordada  celebración de la gloria del imperio francés y su refundación napoleónica. Empacar entonces como resignificación, como omisión o neutralización temporal de la retórica del monumento en beneficio de la exaltación de la dimensión estética y el refinamiento espacial de su extraordinaria fábrica.

Tiene antecedentes desde luego, en el mismo Paris, donde en 1985 la pareja empacó al venerable Pont Neuf. Pero entre todos los proyectos de esta índole, destaco el empaquetamiento del Reichstag de Berlín en 1995. Y no porque desde un punto de vista estético sea mejor cualquier otro de ellos. O porque su realización haya supuesto un enorme desafío técnico. No. Lo digo porque dicho empaquetamiento dio lugar a una extraordinaria fiesta popular, la misma que sería bienvenida en todas las oportunidades en las que se resignificara de hecho y no solo de palabra un monumento. Durante las largas semanas del verano de aquel año una multitud alegre, enorme, tumultuosa, ocupó la plaza de esta sede histórica del parlamento alemán y los prados aledaños del Tiergarten, animada por músicos callejeros, bandas de rock anónimas, títeres y marionetas y  performances vario pintos,  amen de chiringuitos improvisados, cervezas y cantidades kilométricas de salchichas. Y sobre todo por el convencimiento intimo de que aquel empaquetamiento era la mejor manera de poner  punto final a una historia que había comenzado a cerrarse 6 años atrás con el derribo del Muro de Berlín, motivo y resultado de  una de las mas arduas batallas ideológicas y políticas libradas en el curso de la Guerra Fría. Pero es este el único episodio conflictivo entrelazado con la existencia del Reichstag. Erigido en 1894 por la monarquía guillermina, deseosa de exhibir su poder ofreciendo tan imponente sede a los representantes del pueblo alemán. Quemado por los nazis en 1933, en una clásica operación de bandera ajena, con el fin de liquidar la república de Weimar e imponer una dictadura fascista. Y restaurado de prisa y corriendo solo para ser víctima pocos años después de los devastadores bombardeos aéreos anglosajones y de los violentos combates librados por el ejercito soviético en abril de 1945 en torno al bunker donde Hitler y Goebbels terminarían suicidándose. Permaneció mudo y en ruinas durante la Guerra Fría y solo volvió a la luz con la reunificación de Alemania, el traslado de la capital de la RFA a Berlín y la ambiciosa obra de restauración coronada por una cúpula acristalada diseñada por Norman Foster.

En aquel verano esta historia de horrores parecía definitivamente superada y el Reichstag empacado en deslumbrante tela de aluminio era una montaña mágica, el ingrávido asidero de los mejores sueños y las mas confiadas esperanzas de un pueblo dispuesto a  pasar página y emprender un nuevo camino. Yo celebro haber estado allí.

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