Diario de Benidorm

De Benidorm no conozco sino los tópicos  que me han impedido visitarla a pesar de que suman docenas las veces que he entrevisto su  desaforado bosque  de rascacielos desde la altura de la autopista.  Benidorm, la ciudad de playas, chiringuitos y terrazas atestadas a rabiar por un turismo mesocrático y hortera. Pero el libro que Tomás Ruiz-Rivas le ha dedicado me ha hecho cambiar de opinión. Y no porque desmienta los tópicos ofreciendo la visión de los secretos encantos de una ciudad que aparentemente no tiene ninguno. No. Lo que ha hecho Tomás por el contrario es sumergirse en los tópicos hasta el fondo, hasta el delirio, hasta la extenuación, porque para él el secreto reside precisamente en los tópicos. Nietzsche le anticipo proponiendo al lugar común como un objeto privilegiado de la filosofía. Y mucho más cerca de nosotros, Robert Venturi y Scott Burton conmocionando el mundo de la arquitectura con su invitación  a aprender de Las Vegas, la chirriante aglomeración pastiches arquitectónicos y luces de neón despreciado hasta esas fechas por los arquitectos serios. Ciudad sin linaje. Surgida de golpe en la mitad del  desierto. Como surgió de una aldea de pescadores la mayor concentración de rascacielos de la península. Tomás descubre o le otorga un linaje a Benidorm acudiendo a la tradición utópica que desde hace siglos asedia nuestra cultura. Y que en el siglo XX –  como él se encarga de recordarnos- se hizo indisociable del diseño urbano. Imaginar una utopía es desde entonces imaginar una ciudad utópica. Tomás pasa revista a todas ellas y junto con ellas las de las anomalías igualmente urbanas. Como Kowloon en Hong Kong o los slums interminables de Nairobi. Flagrantes y muy reveladoras anti utopías. Contra ese fondo proteiforme Benidorm destaca como una utopía realizada. La encarnación sobresaliente de los sueños de alegría y libertad de la clase obrera que en sus playas, sus terrazas y sus bares pone entre paréntesis y a plazo fijo las obligaciones y los rigores de la vida laboral y familiar.

Pero Benidorm es sobre todo y como lo advierte el subtítulo, el diario de un artista. Tomás Ruiz-Rivas ciertamente lo es, aunque sea, según propia confesión, un artista hostil al mercado y sus rituales y ajeno a la voluntad de hacer obras de arte redondas y perdurables. Él prefiere efímeras y hechas con materiales de derribo, incluso con arena de playa que no tarda en borrar la marea. O instalaciones con vocación museística compuesto echando mano del inagotable abanico de suvenires turísticos que han seducido a Tomás tanto o más que la figura misma del turista. En un pasaje llega a afirmar con todas las letras: “ser es ser turista”. Por lo demás su decisión de irse un año entero a vivir y a trabajar en Benidorm obedeció a su deseo de apartarse de la manera más radical posible de los escenarios propios del mundo del arte. Hacer arte allí donde la obra de arte resulta insignificante.

Dos apuntes para terminar. El primero que comparto su admiración por Miroslav Tichy, el legendario fotógrafo checo, anarquista e intempestivo. Y segundo: este diario está muy bien escrito.

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