La Favorita y el interminable retorno del barroco.

Debo  confesar que vi esta película debido a que está nominada a 10 óscares, al igual que Roma, la película dirigida por Alfonso Cuarón. Cuando leí en diagonal la cartelera no me di cuenta que tras ese título tan convencional se escondía un nuevo filme del director griego Yorgos Lanthimos, autor igualmente de El sacrificio de un ciervo sagrado. La película con que realizó la proeza de arrojar sobre el impecable racionalismo que gobierna la vida de una familia de una clase media blanca que se cree dueña de su destino el turbio aliento de una maldición demoníaca, inapelable, trágica. Afortunadamente la noticia de los óscares enmendó mi error y me llevó ver un filme que se le mide a una tradición cinematográfica engrandecida por verdaderas obras maestras. Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrik, Casanova (1976) de Federico Fellini, Las amistades peligrosas (1988) de Stephen Frears o Valmont (1989) de Milos Forman. Y no menciono a Ludwig de Luchino Visconti, porque se queda fuera de época. Porque la época de las películas mencionadas es la del barroco, el absolutismo, los deslumbrantes palacios reales y de las cortes y sus intrigas, no por incruentas menos interminables que las guerras que durante los siglos xvii y xviii libraron España, Holanda, Inglaterra y Francia por el dominio de Europa que era como decir el dominio del mundo. El enfoque de Lanthimos es sin embargo claustrofóbico: la enormidad de las cuestiones de poder que se dirimen por primera vez a escala planetaria es reducida al ámbito palaciego donde reina Ana, la hija de Jacobo II, la última de la dinastía de los Estuardo. Que entra en escena dominada por Sofía, la esposa del John Churchill, el primer duque Marlborough, y que termina siéndolo por Abigail Masham, una aristócrata venida a menos que gracias a una combinación de astucia y determinación implacable termina compartiendo el lecho de su soberana y adueñándose de su favor. El uso reiterado de la lente de pescado, de los picados y contrapicados, así como de una iluminación mortecina que evoca ciertamente la que logró Kubrik iluminando solo con velas las escenas interiores de su película, enfatizan el encierro claustrofóbico. Al igual que contribuye a subrayar cuán lejos se encuentran las relaciones ciertamente peligrosas entre estas tres mujeres en pugna de la diáfana “geometría de las pasiones” que tan admirablemente expuso la película homónima de Frears, basada en la novela epistolar Chordelos de Laclos.

Tenía razón José Luis Brea: lo propio del barroco es siempre retornar.

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