En blanco y negro.

Creo que la clave del éxito de la película  Roma de Alfonso Cuarón reside en su fotografía en blanco y negro, una clase de fotografía que hoy resulta extraña,  intempestiva,  debido a  la ubicua  hegemonía de la fotografía en color envejece cualquier alternativa. Doy por descontado que Cuarón utilizó el blanco y negro para ser lo más fiel posible al  mundo de su infancia, un mundo de televisión y de películas mayoritariamente en blanco y negro. Pero una cosa son sus intenciones – si es que fueron estas –y otra la recepción del público, sobre la que cabe especular, por ejemplo, que en la buena disposición hacia este filme de un público mayoritario obra el deseo de poner una buena vez las cosas en blanco y negro y de llamarlas por fin por su nombre. Hartos o saturados hasta el estrago por el espectáculo mediático queremos ver por fin la cara de la luna en la que se ocultan las desgracias y miserias que en definitiva también son nuestras. O por lo menos consecuencias ineludibles del modo de vida que hemos hecho nuestro.

Por esto me resulte tan oportuna la exposición de fotografías de Anthony Hernández que se ha inaugurado en las salas de exposiciones de la Fundación Mapfre en la calle Bárbara Braganza de Madrid. Si viéramos sus fotografías en blanco y negro por fuera del deseo de ver el mundo tal cual es y no como nos lo pintan, diríamos que no son tan especiales. Fotografiar a la gente común y corriente y sin ningún glamour en las calles, en los parques, en la playa o en cualquier otro lugar anónimo es un ejercicio que tiene antecedentes tan notables como los representados por Walker Evans, Helen Lewitt y desde luego Robert Frank, el autor de ese impresionante panóptico llamado Los americanos. Pero esto poco importa  porque lo que hoy queremos ver de nuevo son las imágenes de una América para la que el sueño americano es una auténtica pesadilla y una broma pesada la invitación a hacerla grande de nuevo. No importa que Hernández las haya hecho en los años finales del siglo pasado porque sentimos que sus imágenes vuelven a tocarnos e implicarnos  debido a que  la pobreza de antes es la misma de ahora y que el radiante porvenir ofrecido entonces ya está aquí y es cualquier cosa menos radiante. Quizás por este motivo no termino de encajar sus fotografías a todo color, que son las más recientes. Son fotografías esplendidas, luminosas, plenas, impactantes y de las que han desaparecido  los mortales, cuyas  huellas torpes y precarios rastros han sido sin embargo magnificados hasta el punto convertirlos en un fascinante espectáculo visual. Otro que se añade a un mundo cuya realidad nos escamotea su espectáculo.

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