Pedro Medina, el islario y la anomia.

 

En este libro portentoso de Pedro Medina obran tanto la pulsión enciclopédica como el Big bang, tendencias contradictorias puestas e al servicio de la inteligencia de la que él mismo califica de “sociedad en red”, cuyo protagonista no es la tumultuosa muchedumbre de los motines sino la inasible y proteiforme multitud de singularidades reivindicada por Toni Negri y Michael Hardt.  Y cuya temporalidad es la contemporaneidad, entendida como concurrencia simultánea de temporalidades disimiles y con frecuencia discordes, que resisten tenazmente a la reducción a un tiempo unitario y homogéneo. En  un momento dado quise calificarlas de <<discretas>> en el sentido matemático del término, pero renuncié a hacerlo por que para Medina ninguna de estas temporalidades coexistentes admite el cierre o la clausura, entregadas como están a los cambios, las hibridaciones y las yuxtaposiciones. Esta contemporaneidad, aunque no carece de evolución, Medina las concibe sin origen o comienzo absoluto.

La heterogeneidad radical de lo contemporáneo supone un enorme desafío a quienes, como Pedro Medina, intentan captarla utilizarla utilizando el paradigma del libro. La linealidad inexorable del texto impone restricciones que deben ser superadas si se quiere que ser congruente con la naturaleza de la contemporaneidad, cuyo modelo cosmológico mas apropiado seria el del Big bang,  esa inaudita explosión, esa singularidad irreductible, ese momento fundacional de un universo en expansión irremediablemente fragmentado que se aleja vertiginosamente de sí mismo sin dejar de ser él  mismo. Tal y como lo hace este libro que, respondiendo a la voluntad enciclopédica de su autor, se esfuerza por captar y otorgar sentido a los omnipresentes flujos de información que dan cuenta de acontecimientos y situaciones, de equilibrios y catástrofes, de instantes y duraciones, de individuos y multitudes, de potencias, poderes y empoderamientos, de estéticas y de éticas, de memorias y desmemorias y – cómo no – del crecimiento exponencial de interpretaciones y macro y micro relatos. El libro lo  consigue a fuerza eso sí de transformarse en un hipertexto, cuya inevitable conexión con la red lo convierte en una invitación constante a realizar asociaciones y derivas o a dejarse arrastrar en cada uno de sus puntos por sus correspondientes líneas de fuga. Un libro interminable, un Aleph borgiano, un libro laberintico a la manera de la rayuela cortazariana, que para ofrecer un asidero a dichas derivas y un menú de navegaciones posibles acude a la imagen subyugante del archipiélago. O para ser precisos a la de islarios, incluida con toda razón en su título. La biblioteca de Babel, Cosmos, Communitas, Mínima moralia, Cárcel de amor, Terra Inquieta o Utopía son algunos de los nombres mas topológicos de las islas que lo componen y que me aventuro a pensar que son igualmente los nombres, las condensaciones si se quiere, del ingente cúmulo de deseos, experiencias vitales, necesidades, lecturas e investigaciones realizadas por su autor que son la materia prima de esta obra admirable.

Su título contiene  otra idea poderosa, la de la anomia digital. La anomia es un concepto que desde que fue acuñado por Emile Durkheim hace mas de un siglo ha sufrido diversas interpretaciones y reelaboraciones que son otras tantas pruebas de su fecundidad y su necesidad. En manos de Pedro Medina se transforma en un instrumento muy apto para diseccionar el stimmung, el estado de ánimo de todos aquellos a quienes la sociedad digital tiende a privar de las destrezas, los hábitos, las convicciones y los rituales que son la materia misma de sus vidas, la materia que ahora se desvanece sin dejar rastro en la inmaterialidad del ciberespacio. Él no elude la dimensión trágica de esta anomia, pero al mismo tiempo reivindica las posibilidades que ofrece al despliegue de perspectivas críticas capaces de poner en cuestión los medios y las estrategias de control social que asedian a la sociedad en red.

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