Venecia 2022: la oportunidad perdida.

Yo no suelo peregrinar al muro de los lamentos del mundo del arte español porque prefiero otras formas de deshago. Pero hoy no he podido resistir la tentación de hacerlo para entonar mi propia versión del lamento por el artista elegido para el pabellón español en la bienal de Venecia, lamento tan recurrente, tan aparentemente inevitable. Eso sí, lo hago con muchas dudas, porque no me parece equivocada la elección de Ignasi Aballí para representar a España en la 59 edición de dicha bienal que tendrá lugar en 2022. Él es un buen artista y de seguro ofrecerá una nueva y estimulante vuelta de tuerca a su prolongada interrogación del estatuto de la imagen. Mi objeción no apunta en este caso a la calidad de su obra sino a que el criterio de la calidad no se hubiera conjugado con el de la oportunidad. En 1922 el pabellón cumple 100 años por lo que la elección no debió hacerse hecho solo en función de la calidad o importancia del proyecto curatorial, que también, sino de la necesidad urgente de desagraviar a las artistas españolas que durante este siglo apenas han sido tomadas en cuenta a la hora de elegir a quién debía representar a España en la bienal por excelencia. Un siglo es mucho siglo y muchos los artistas masculinos que han expuesto en el pabellón, mientras que, según mis cuentas, apenas lo ha hecho un puñado de mujeres. Cinco con el preceptivo acompañamiento masculino: María Droc, Susana Solano, Cristina Iglesias, Esther Ferrer, Itziar Okariz. Y apenas dos en solitario: Lara Almárcegui y Dora García. Una pena.

Deambular en tiempos del coronavirus.

Fernando Baena, a contravía tanto de la pulsión del confinamiento como de los usos de la mayoría de sus colegas artistas, ha respondido a dicho confinamiento echándose literalmente a la calle. Las calles de Madrid, que ha ido recorriendo de madrugada, con una cámara fotográfica en mano y siguiendo itinerarios fijados al azar para revelar tanto sus lugares recónditos y la tramoya prosaica que hay detrás del espectáculo de Madrid puesto deliberadamente en escena para los turistas, como la desolación de unos espacios en los que falta la gente. Imágenes que duelen a quienes no concebimos a la ciudad sin su gente. A los que pensamos que la ciudad es su gente. (La secuencia entera de sus fotos puede verse diariamente en su muro) (04.10.20)

Bruno Thomas y la necesidad de lo extranjero.

“Estamos divididos entre la nostalgia por lo familiar y una necesidad por lo extranjero y extraño. Aunque en ocasiones, estamos nostálgicos en mayor medida por los lugares que nunca hemos conocido”. Estas reflexiones de Carson McCullers me han traído a la cabeza las imágenes de Bruno Thomas, un artista australiano que ha resuelto de manera virtuosa su nostalgia por ese paraíso americano que no es suyo. Y quizás de nadie. (01.10.2020)

El aire: el bien común por excelencia.

Mas que la tierra y el agua, si cabe: si no podemos respirar nuestra vida se extingue en pocos minutos, sin remedio. Pero este bien se ha tornado en un mal: en él nos aguarda el virus que puede enfermarnos y eventualmente matarnos, por lo que intentamos protegernos del aire envenenado con mascarillas y acatando sin apenas rechistar la orden del “distanciamiento social” que pone fin a toda conspiración, a todo aire compartido por conjurados que se reúnen para subvertir el poder establecido. Tomás Saraceno interroga esta ominosa mutación en el proyecto que actualmente presenta en este museo de Hesse, en la legendaria ciudad de Darmstadt, en el gran hall del mismo, consagrado ahora a la memoria de Joseph Beuys, el escultor social. Entre las piezas que lo integran la que me resulta mas estremecedora es la que hace sonar a las partículas que flotan en el aire, entre ellas las sustancias nocivas PM 2.5 y PM 10, a las que cabe una buena cuota de responsabilidad en el hecho de que, según la OMS, 4,2 millones de personas mueran al año en el mundo por causa de la contaminación atmosférica. Con este proyecto Saraceno llama a construir formas de asociación y cooperación que como el aire no reconozcan fronteras, en respuesta a una situación en la que ” tenemos nuestras prioridades al revés: el capital fluye libremente, mientas que las personas, la empatía y la cooperación se detienen en las fronteras”. (24.09.2020)

Deconstruir el monumento.

En las últimas semanas el escultor palentino Victorio Macho ha sido el protagonista involuntario de una virulenta polémica política desencadenada por el derribo de la estatua ecuestre suya, consagrada a Sebastián de Belalcázar en Popayán, Colombia y que ha dado lugar a que la Alcaldía de Cali empaque, a lo Christo, la pedestre, igualmente suya, que se yergue en dicha ciudad en un lugar prominente. Como 20 años antes lo había hecho la artista Liliana Villegas Jadect. Polémica política que ha puesto en cuestión la eternidad e intangibilidad pretendidas por las autoridades comitentes de ambas y ha permitido un ejercicio de deconstrucción estética e histórica que, paradójicamente, ha transformado a estas dos notables esculturas en work in progress, en arte que condensa y expone el carácter conflictivo del devenir histórico. Como dando razón a los tertulianos del café literario que, en principio, celebraron las fotos que mostraban el esqueleto de la escultura ecuestre del conquistador extremeño construida en el taller parisino de Macho, equiparándola a las de Picasso o Julio González. Y luego se echaron las manos a la cabeza cuando se enteraron que el escultor tenía previsto revestir ese punzante esqueleto con bronce para darle la forma de un caballero ecuestre, tal y como ha contado Halim Badawi en su muro. (23.09.10)

Botero, intempestivo.

Lo confieso. Conozco la obra de Fernando Botero desde cuando pintó el Homenaje a Mantegna o el Niño de Vallecas y nos demostró que la pintura tenía la posibilidad de sobrevivir en una escena internacional del arte que ya giraba en torno a Nueva York y que por lo tanto salía del minimalismo para regodearse en el pop art. Pintura a la gran manera, aprendida a pie de los cuadros de los maestros del Museo del Prado y de los Uffizzi, incorporada y transformada en sus propios cuadros en un emocionante reverdecimiento de aquellos laureles. Y la he seguido desde entonces, convirtiendo ese deslumbramiento inicial en decepción y hasta en hastío, cuando él abandonó aquellos modelos y se dio a cultivar lo que podríamos llamar con Kenneth Frampton << regionalismo>>, encarnado en figuras gordas protagonizando escenas costumbristas, a las que solo redimía y aún redime su maestría como pintor. Y dibujante. Aquello, bien lo sabemos, fue un giro estratégico que le conectó con un público popular al mismo tiempo que le enajenó el apoyo de la crítica embarcada desde mítica exposición When attitudes become art de Harald Szeemann en la enésima muerte de la pintura, y en el culto sin restricciones a las instalaciones, las performances, el video arte, la fotografía… Fue en esa coyuntura hostil, en ese aislamiento sin remedio de la escena consagrada a la innovación tout court, que él se sacó de la manga la carta de la escultura en los espacios públicos, tan condenada al ostracismo en aquella temporada como la pintura de cuadro de caballete. Empezó colocando sus previsibles gordas de bronce en los Campos Eliseos y desde entonces fue un no parar: Nueva York, Madrid, Tokio, Florencia, Buenos Aires, Bogotá, etcétera. Y junto con las esculturas, las exposiciones en cuanto museo importante se nos antoje, hasta el punto de que es exacto el reclamo publicitario de la antológica de su obra que hoy mismo se inaugura en Centro Centro de Madrid, que proclama que<< es el pintor vivo mas expuesto del mundo>>. Y lo es porque, siendo como es un pintor intempestivo, anacrónico si se quiere, es simultáneamente un pintor empresario. Una versión de Rubens o de Murillo en la era digital, que compite con éxito con artistas que son igualmente empresarios tan exitosos como él: Jeff Koons, Damian Hirst, Anish Kapoor, Ai Wei Wei… Ha pagado muchos precios por lograrlo, entre ellos el más alto, el de poner su extraordinario talento artístico al servicio de estereotipos.

(17.09.20202)

Neoliberalismo: parto sangriento.

Hoy se cumple un año más del sangriento golpe de Estado de 1973 contra el gobierno de Salvador Allende y para que no pensemos- como pensaban los lectores decimonónicos del Times de Londres de los cuartelazos de la época en España, que eran problemas de un país salvaje que no les concernían – Patrick Hamilton hizo The Chicago Boy´s Project y lo presentó en el Museo Reina Sofia en 2018. Un proyecto que documentaba virtuosamente cómo el golpe de Estado de Pinochet permitió poner en práctica por la primera vez a escala de toda una sociedad las ideas radicales de Milton Friedman. Las mismas que terminaron apoderándose de América y de Europa y que actualmente informan el programa económico del PP, Cs y Vox. Los tres, neoliberales. Y son, además, la base del Tratado de Maastrich. (11.09.2020)

¿Hiperrealismo post modern?

Como en tantas otras cosas, Charles Saatchi ha sido un adelantado: fue el primero en convertir el modelo de vanguardia artística en una operación de marketing, el primero en quemar su colección de arte antes de que esta denunciara por si misma su obsolescencia y el primero en abrir una galería de arte virtual de carácter global Saatchi Art. Surfeando en la misma me he encontrado con las obras de Samantha French y Paolo Tendich, dos de sus artistas, especializados en pintar imágenes subacuáticas, todo un género en expansión. ¿Hiperrealismo post modern, por decir algo, por poner alguna etiqueta? A Samantha pertenecen los dos primeros cuadros reproducidos abajo, a Paolo, el tercero, el cuarto es de Sarah Harvey.

(10.09.2020)

Nuestra cultura egolátrica.

Rafael López Borrego ha aprovechado muy bien los tiempos muertos del confinamiento y la parálisis de la economía para, aparte de seguir impartiendo lecciones on line sobre arte contemporáneo, escribir este libro. Que estoy tentado de calificar como certificado de defunción de nuestra cultura egolátrica sino fuese por mi temor a que la misma vuelva por sus fueros una vez se disipen las graves amenazas que hoy todavía penden sobre su futuro. Y si no fuera porque mencionar si quiera la palabra “defunción” para referirse a su porvenir resulta demasiado dramático para una cultura tan hedonista como ella. Leyendo los diez capítulos de esta recapitulación bien razonada y mejor escrita sobre los tropos y los tópicos una cultura para la que definitivamente motion is emotion, también me ha venido a la cabeza la expresión ” Apocalipsis jubiloso”, acuñada por Jean Claire para titular la memorable exposición que hace un par de décadas dedico a la Viena fin-de- siecle. Pero me parece igualmente inapropiado. Si acaso podríamos hablar de un “apocalipsis light” consumado a golpes de selfie y de likes, como ha documentado Fernando Castro.

Ahora que todos somos distintos entre sí y que todos nos esforzamos de la mañana a la noche en ser distintos de los demás, el individualismo del que nos ufanamos y ponemos por encima de cualquier otra consideración ética o política se ha consumado de tal forma que ya no queda apenas rastro en él de sus épicas y altivas fundamentaciones metafísicas o teológicas. No queda más que su banalidad, que ni siquiera es la estremecedora banalidad del mal invocada por Hannah Arendt en sus crónicas sobre el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén.

El arte gracias a Luz Lizarazo.

Abrumado por las noticias que informan del estado precario del mundo artístico, agravadas por las incertidumbres que gravitan sobre su futuro, encuentro esta delicada, esta frágil acuarela de Luz Lizarazo y redescubro la potencia inagotable del arte, su invencible fortaleza. Luz: “Bienvenidas todas las bestias. Todos los seres vivos dentro y fuera de mí. Bienvenidos mis miedos y mis sueños. Bienvenido el sol y bienvenida la luna y los eclipses. Bienvenido el reino del sonido creativo”. #womenempowerment #womendrawing #womendrawingwomen #womentakingcareofwomen

El obrero y la koljosiana.

Esta escultura estuvo delante del pabellón soviético en la Exposición universal de Paris de 1937, enfrentada al igualmente monumental guerrero ario, obra de Arno Breker, que encabezaba el pabellón de la Alemania nazi. Su autora fue Vera Mujina, una escultora nacida en Riga en 1899, que estudió en Moscú y Paris, donde recibió clases de Emile Antoine Bourdelle. Su sólida formación académica le permitió encajar muy bien con la estética del realismo socialista de la que esta escultura es uno de los ejemplos más sobresalientes. Murió en 1953, en Moscú, el mismo año que murió Stalin. También hizo una excelente escultura en homenaje a Chaikovsky. (29.08.2020)

Elogio del trabajo colectivo.

Pedro G. Romero, a propósito de la película todavía inédita “Nueve Sevillas” generada a partir del cartel que hizo para la bienal del flamenco de 2018, relata: “…no escribí nunca un guion de cine, fueron veinte folios reflexionando sobre todo lo que bullía dentro del cartel y lo que se podía sacar de allí y al final nos dieron luz verde al proyecto. Montamos un equipo rápidamente y en diez días filmamos toda la película. Para mí fueron diez días de euforia permanente. De hecho, ahora solo pienso en hacer películas. Me pareció un modo de hacer que contenía muchas de las cosas que a mí me han interesado en general del arte y que a través del cine pueden ser expresadas estupendamente. Me interesa también mucho el trabajo en equipo, el trabajo colectivo, no tanto la expresión subjetiva.” (26.08.2020)

“El flamenco es un arte totalmente anacronista”

https://www.jotdown.es/2020/08/pedro-g-romero/?fbclid=IwAR2Cj1OWe2Y9gPw0MCmtTBlQ9-4b2WeCUP4Oe89MhIMC_AAh_XFagvBI-Ck

Luz Lizarazo denuncia.

“Soy las niñas sin escudo” . En Colombia durante la pandemia más muertos por violencia que por Covid. Peor el contagio de una mente enferma que se cree con el Derecho de dar un tiro en la frente a un joven de 20 años. Mentes y corazones contagiados de odio. Para eso no hay ni habrá vacuna”. (24.08.2020)

El arte en su invernadero.

La apertura de una nueva edición de ArtBo – la feria de arte contemporáneo de Bogotá – ha coincidido con la publicación por esfera pública de una encuesta titulada elocuentemente “De la precariedad del artista y la visibilidad como forma de pago”. Y cito al mismo tiempo ambos acontecimientos porque ponen en escena los dos extremos del mundo del arte. Su paraíso y su infierno. La feria encarna el esplendor del mercado del arte, su glamur. La encuesta, en cambio, la miseria que efectivamente padecen los artistas cuyas obras hacen posible no solo el mercado del arte sino toda la sofisticada superestructura que se asienta sobre las mismas: galerías, centros de arte, museos, escuelas y facultades, centros de investigación, publicaciones especializadas, etcétera.

Habrá quién no se sorprenda con este irritante contraste entre opulencia y miseria porque lo encuentra característico del capitalismo y todavía más del capitalismo depredador que actualmente navega impunemente por los mares del mundo con las banderas de la libertad de empresa y el libre comercio. Pero al hacerlo quizás no advierta que el estado actual del mundo del arte revela algo aún más profundo, más radical si se quiere. Me refiero al hecho de que ArtoBo – inspirada como prácticamente todas las ferias de América Latina en ARCO, la feria de Madrid – es como su modelo, un invernadero que incuba esa delicada flor que es el << mercado del arte>>. Cierto, hay ferias como ArtBasel y Freeze de Londres que si existen es porque, como cualquier otra feria, venden lo suficiente como para resultar rentables. ArtBo, en cambio, no vende lo que dice vender y si existe es porque las autoridades, las instituciones culturales y los medios de comunicación de masas están comprometidos al unísono con la defensa de la tesis de que el arte existe para y por el mercado y de su corolario: el mercado libre es la garantía de existencia del arte. Son estas exigencias políticas e ideológicas lo que explican en definitiva que tengamos una feria de arte cuya existencia no la justifica la realidad efectiva de un vigoroso mercado del arte. Es esta la deficiencia que saca a la luz la precariedad de nuestros artistas contemporáneos, cuyo trabajo si es auténticamente libre porque nada lo sujeta, pero tampoco nada lo ampara. Y menos un mercado del arte que no da ni para pagarlo como merece. (21.08.20)

Hater.

Es una película tan reveladora como inquietante, que arroja luz sobre esas empresas que actualmente operan en la sombra y cuyo papel es utilizar las redes sociales y el resto de los medios a su alcance para destruir el buen nombre de los adversarios de quien les ha contratado. Lo hace relatando el irresistible ascenso al poder de un resentido que se las ingenia para torcer a su favor estos dispositivos perversos. Es como una versión en clave polaca y en la era del big data de La caída de los dioses de Luchino Visconti, aunque la psicología del protagonista me ha hecho recordar igualmente el turbio resentimiento de Lacombe Lucien… Imprescindible. (13.08.2020)

Una masacre innecesaria.

Hoy se cumple un nuevo aniversario del bombardeo atómico de Hiroshima y como es habitual ha vuelto a repetirse el argumento de que tan sobrecogedor crimen de guerra estuvo justificado por la necesidad de salvar la vida de los miles de soldados que la habrían perdido en el desembarco en un Japón que se negaba a rendirse. La evidencia histórica dice lo contrario, tal y como puede comprobarse leyendo la “Encuesta sobre bombardeos estratégicos de los Estados Unidos, La lucha de Japón para poner fin a la guerra (Washington: Government Printing Office, 1946)”, un documento oficial que incluye este párrafo decisivo:

“Basado en una investigación detallada de todos los hechos y apoyado por el testimonio de los líderes japoneses sobrevivientes involucrados, es la opinión de la Encuesta que ciertamente antes del 31 de diciembre de 1945, y con toda probabilidad antes del 1 de noviembre de 1945, Japón se habría rendido incluso si las bombas atómicas no hubieran sido lanzadas, incluso si Rusia no hubiera entrado en la guerra, e incluso si no se hubiera planeado o contemplado una invasión ”. (Citado por Howard Zinn en A people´s History) (06.08.2020)

Rebeca Plana.

Al confinamiento, al rebrote, al colapso de la economía, a los gurúes de la  esperanza y a los profetas de la catástrofe, a los museos hospitales y a los hospitales inhóspitos, a tanto ruido y tanta furia, a tanto silencio fúnebre y a tantos ánimos sombríos, pese a todo, digo,  es primavera y una buena manera de celebrar la resurrección de la carne y  la vida perdurable es visitar en la galería Álvaro Alcázar de Madrid, la exposición de Rebeca Plana, que es puro color. O mejor: pura celebración del color y del placer siempre infantil de garabatear el lienzo, chorrearlo y mancharlo para demostrar y demostrarte que todavía tienes ímpetu, ganas y energía suficiente como para aguantar lo que falta por aguantar. Placer de la pintura y no del texto, que decía Marcelin Pleynet, tan olvidado.

(11.06.2020)

Rancière ya lo había pensado.

En esta entrevista Rancière ensaya una lección de modestia. Es evidente el interés de la entrevistadora en saber que piensa de la pandemia, porque al fin y al cabo él está entre maître à penser del pensamiento contemporáneo y ninguno de ellos se ha abstenido de hacerlo. Él en cierto sentido la decepciona. Afirma que tiene poco que decir porque se debe hablar de lo que se conoce prima facie o se ha investigado y que lo él ha estado haciendo durante el confinamiento es releer la Estética de Hegel en el marco de sus investigaciones sobre la arquitectura y la música, artes a las que antes apenas había prestado atención. Pero la modestia respuesta no le impide lanzar cargas de profundidad contra el resto de sus colegas intelectuales, a quienes acusa de realizar análisis de la presente crisis eco social que no lo son en realidad, porque son <<análisis completamente preparados de antemano: la teoría del estado de excepción, la crítica de la sociedad de control y el totalitarismo del Big Data y el repensar de arriba abajo la relación entre lo humano y lo no humano>>. Crítica a la que añade la de que estos analistas omiten señalar quien se va hacer cargo de << cambiarlo todo>> y de << acuerdo a qué  temporalidad>>. Remata diciendo que estamos atrapados entre la atención a las urgencias que es el rasgo común de la gestión de los gobiernos y << los intelectuales acostumbrados a pensar el fin de la historia o del Antropoceno>>. Hasta aquí todo estupendo. Rancière sin embargo no puede con el genio y termina diciendo que la crisis ha venido a confirmar tesis suyas previamente enunciadas. Primera que, en contra de los imagólatras, seguimos estando gobernados por palabras y específicamente por las dos palabras << que provocan efectos en las mentes fuertes: crisis y seguridad>>. Y segunda, que la pandemia confirma igualmente su mayor teoría:<< la absorción de la política por la policía>>.  O sea, que también para Rancière lo que está sucediendo él ya lo había pensado.      (04.06.2020)

Los últimos días felices.

Vengo de leer el manuscrito de Los últimos días felices, la primera novela de Tomás Ruiz- Rivas, y estoy fascinado. Y no solo por lo bien  escrita que está sino porque me ha remitido a unas épocas de Madrid y del México DF que compartí con Tomás o si se prefiere con Carlos, el protagonista, que resulta ser su alter ego en esta historia. Que  no puedo menos que leerla como una crónica posible y plausible de ambas ciudades y ambas épocas centrada en personajes de carne y hueso cuyos nombres me resulta fácil adivinar. Historia en la que un artista en agraz, como lo era Tomas al comienzo de los años 90 del siglo pasado, opta por convertir su estudio en una galería de arte alternativa en la que exponen por primera vez tanto él como unos colegas suyos, entre los que habría de destacar – y de qué manera- Santiago Sierra. Que luego se marcha de repente al Distrito Federal y se da de bruces con él. Como nos las hemos dado todos los que hemos vivido en esa urbe desaforada, encrucijada de historias, pueblos y culturas, en el que se mezclan de manera incomprensible la cortesía desconcertante y la violencia desaforada, el vértigo de la riqueza superlativa y la miseria sin término ni remedio, la minoría que sueña el mismo sueño que los americanos han dejado de soñar y la hidra de mil cabezas del ingenio popular, alimentada por necesidades extremas y deseos perentorios. Tomás, o si se prefiere, su alter ego literario, se esfuerza vanamente por descifrar ese fascinante rompecabezas, como lo intentaron Malcom Lowry, D.H. Lawrence, William Burroughs o  Roberto Bolaños, sin olvidar a Serguei Einsenstein, Luis Buñuel o Sam Peckinpah. Para hablar solo de unos cuantos de los extranjeros. Todos seducidos en su día y hasta los tuétanos en ese <<laberinto de la soledad>> que diría Octavio Paz.

Esta novela me ha hecho pensar en “Intento de escapada” de Miguel Ángel Hernández Navarro, la primera novela de quien previamente se dio a conocer en el mundo del arte como un teórico muy notable, del mismo modo que Ruiz-Rivas lo hizo como activista cultural y ensayista. Un paralelismo en el que se entremete la figura de Santiago Sierra, que asedia a ambas novelas, y que en el arte y en la vida ha dado con el tono que mejor responde a la enigmática cacofonía mexicana.

(09.04.2020)

Temor y temblor.

Llevaba días deseando escribir sobre la exquisita exposición de Lina Espinosa en la galería Rafael Pérez Hernando de Madrid y de repente abro la página de Campo de relámpagos y uno de ellos me ilumina. Su autor no es Júpiter tonante, aunque en definitiva vendría a serlo, sino Jacques Derrida, que escribe sobre el temblor y se pregunta ¿Cómo no temblar? Antes de dedicarse en este inquietante ensayo a explicar el porqué de la posibilidad y la necesidad de usar el verbo “temblar”. Que viene del sustantivo “tremor”, “el trazo trazado por una mano temblorosa”, y que se asocia con “el trémolo que la mano del instrumentista imprime intencionalmente, activamente, temblando sobre la cuerda del violín o del órgano”. Y con “el tremolo de voz por el cual el cantante, el orador, el sacerdote, el cantor o el rabino revelan la emoción”. Y digo que el ensayo me ha iluminado de súbito como un relámpago, porque me ha permitido ver la vastedad del campo donde se inscribe el arte de Lina Espinosa. Sobre todo sus dibujos, compuestos de líneas trémulas, de líneas dictadas por el temblor de unas manos que se niegan a decidirse o que tropiezan cuando intentan decidirse. Dibujos que recuerdan evidentemente a Cy Twombly, sin ser jamás idénticos a los que enmarañan los cuadros de este admirable pintor, porque a Lina los dibujos se le escapan literalmente de las manos. En este punto viene de nuevo en mi auxilio el filósofo francés, cuando pone en cuestión la voluntad de copiar argumentando que el temblor es también y de manera radical flaqueza de la voluntad considerada en general. “El artista es alguien que se convierte en artista – explica – ahí donde la mano tiembla, es decir, donde él no sabe en el fondo lo que va a suceder o aquello que va a suceder le es dictado por el otro. Ese otro que nunca es un semejante, sino un Otro radicalmente distinto – como en Hegel, como en Lacan – y al que Derrida le atribuye o reconoce el nombre de Dios, porque “todo temblor, de manera literal o metonímica, tiembla ante Dios”.

(02.02.2020)