La pintura de la indiferencia.

Siempre he pensado que si la sociedad entera no se indigna por las masacres en Colombia o en Gaza es por el doble rasero que los medios occidentales aplican a las informaciones sobre graves violaciones de los derechos humanos: dan un grandísimo despliegue a las cometidas en los países que  Occidente considera enemigos y omite o minimiza hasta extremos irrisorios las cometidas en los países amigos. La lectura reciente de un ensayo de Griselda Pollock sobre la obra de Alfredo Jaar referida a las masacres en África me ha llevado a matizar esta convicción. La gran historiadora del arte femenino parte de la lectura que Auden hace, en su poema de 1939  Musée des Beaux Arts, de La caída de Ícaro, el espléndido cuadro de Pieter Brueghel El viejo, que pone en escena la diferencia crucial entre el arraigado mundo del trabajo y la esfera ingrávida a la que se eleva el observador desinteresado. Ella  parte del hecho evidente de que la caída de Ícaro en el mar es poco más que un detalle que ocupa un rincón del cuadro y que sucede sin que nadie en el cuadro le preste atención.  “Para Auden – escribe – la pintura de Brueghel hace visible la indiferencia (…) que no ha de calificarse de falla moral o falta de compasión. Con justicia, [los personajes del cuadro] viven en el tiempo de sus propios procesos vitales, haciendo lo que hay que hacer para continuar la vida. La historia no es asunto de ellos. La vida sí. La tierra debe prepararse para la siembra. Los animales han de ser criados por su carne y para tejer sus vellones. El transporte de bienes y de gente debe continuar. La hybris de Ícaro, la excelencia trágica del deseo humano de dejar la tierra y derrotar creativamente sus ritmos ctónicos mediante la acción de volar, se muestra como algo trágicamente contrario a los ritmos necesarios del trabajo de las personas”.

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