Dolor y Gloria es una película crepuscular, melancólica en la que Pedro Almodóvar entona un réquiem por el Almodóvar que alguna vez fue. Ese niño retraído de una familia paupérrima al que la afición a la lectura salvó de una vida sin futuro. Y ese irreverente joven manchego que se atrevió a desafiar el espíritu de la pesantez legado por el franquismo con un cine gay por lo alegre y atrevido más que por la reivindicación excluyente de las otras sexualidades. Pero este film es también un ajuste de cuentas. La más notoria, con su propia imagen. Salvador Mallo – su alter ego en el film – es un escritor y director en dique seco, crucificado por enfermedades que no le dan tregua, que se lleva mal con todos o casi todos, cuya figura encaja mal con la imagen pública del artista que en su día encarnó como pocos el desenfado juvenil de <<la Movida>>. La relación conflictiva entre Mallo y Alberto Crespo – el actor del que se supone fue la primera gran película de Mallo – da lugar por su parte a la puesta en escena de la leyenda urbana que atribuye los éxitos indudables de Almodóvar en la dirección de actores a su mano de hierro: despiadada, intransigente, implacable. Hay quien susurra que rodar con él es poco menos que una tortura. Esta relación le permite a Almodóvar además una ajuste con el << caballo>>, con la heroína, ese jinete pálido que asediaba ese Madrid de la Movida tanto como a sus propias películas. “La adición”, el monólogo escrito por Mallo que interpreta Crespo, resulta un exorcismo tardío de la misma.
Pero cuando el ajuste de cuentas de Almodóvar con su pasado resulta conmovedor es cuando Mallo confiesa cuanto le duele no haber cumplido la promesa que le hizo a su madre de llevarla a morir a su pueblo. Una pena agravada por que su madre le reprochó que no fuera el hijo que ella hubiera querido que fuera y que para peor la incluyera a ella en sus películas, así como a sus amigas y conocidas. Todas inconformes con que sus vidas, por anónimas o provincianas que fueran, se transformaran en la materia prima de las fantasías desbocadas de un director de cine, por muy famoso que fuera.
Por último. Si la interpretación de Alberto Crespo por Asier Etxendia resulta mediocre, la de Federico por Leonardo Sbaraglia es directamente penosa. En realidad solo brilla, paradójicamente, la muy sobria interpretación de Mallo por Antonio Banderas.
