El Centro de Arte Botín de Santander me hace pensar en el manierismo. Ese movimiento suspendido a perpetuidad entre el clasismo y el barroco y que como ambos siempre vuelve. Transfigurado desde luego pero no por eso menos reconocible. Yo por lo menos reconozco su retorno en la arquitectura de Renzo Piano que con este centro confirma la el refinamiento y la elegancia con la que él se mantiene en equilibrio entre el sereno clasismo de Walter Gropius y el barroco desaforado de Frank Gehry. Lejos queda para él la experiencia de diseñar el Centro Pompidou en la que su voluntad de estilo fue avasallada por el empirismo radical de un Richard Rogers empeñado en sacar a la luz sin tapujos el esqueleto y las entrañas que los edificios suelen o solían encubrir. Esa obscenidad ya no es suya. Le queda de esta experiencia sin embargo el deseo de exhibir sin estridencias un virtuosismo técnico que la fábrica y los impecables acabados del Botín confirman de nuevo. Así como una cierta pulsión alegórica que, si en el Pompidou evocaba la refinería en la que la industria cultural convertía al museo, en este caso le lleva a evocar la vida nuda en la forma de un huevo abierto en canal y suspendido en el aire. También le queda el (re) descubrimiento de las escaleras como motor de un movimiento sin fin que funde al tiempo y al espacio, tal y como lo hacían las escaleras de la sede de la bauhaus en Dessau – obra de Gropius- , según Sigfried Giedion, el historiador por excelencia del movimiento moderno. El enorme protagonismo de las escaleras en el Centro Pompidou – convertidas en un motivo de atracción turística que ha terminado por eclipsar su función museística – aquí es retomado y resuelto por Piano con un refinamiento ciertamente manierista. Con un valor añadido: convierte al espectador en protagonista tal y como lo propone y promueve la vertiente más activista del arte contemporáneo.
