Procusto y el tiempo.

Hay exposiciones en las que la relación entre las obras de arte y el espacio que las contiene se resuelve en un vibrante intercambio de atributos, muy distinto de la frialdad rayana en la indiferencia que caracteriza la que suele darse entre la obra de arte y el cubo blanco en la que el espacio se repliega hasta casi desaparecer. Es el caso de la que José Manuel Ciria ha realizado en La Neomudejar. Su título Lecho de Procusto está justificado por las camas de ropas manchadas de rojo al igual que por los hatajos informes de telas que cuelgan del techo y que hablan como las cabezas decapitadas de Tony Ousler. Pero su impacto, su capacidad expresiva, no alcanzaría la intensidad que realmente alcanza sino fuera por la réplica contundente que le da arquitectura en la que se despliega.

Y que es otro ejemplo de arquitectura industrial decimonónica que perdida su utilidad parecía condenada sin remedio a la ruina o a la demolición hasta que alguien en la Administración tuvo la idea de convertirla en un centro de arte. Como ocurrió con Matadero y Tabacalera, dos espacios dedicados actualmente al arte en Madrid que también fueron espacios industriales. La Neomudéjar se distingue de ambas porque su arquitectura se encuentra en un estado francamente ruinoso. Su fábrica de ladrillo agrietados, sus suelos desgastados, sus vigas y cerchas corroídos actúan con fuerza sobre la obra de Ciria forzando una lectura del mito de Procusto que quizás no fuera la que él tenía en mente cuando la concibió. Porque si las camas y las telas ensangrentadas remiten a la crueldad del posadero que troceaba a sus víctimas o las descoyuntaba para que sus cuerpos encajaran en una cama o demasiado pequeña o demasiado grande. Y esta a su vez a las impúdicas exhibiciones de violencia de los videos yihadistas. El impacto de la arquitectura ruinosa de La Neomudejar convierte a Procusto en una alegoría del poder soberano del tiempo que todo lo tiraniza y todo lo atrofia y destruye. Ninguna obra humana sobrevive a su paso destructivo, incluida como es evidente la época del hierro, el carbón y las máquinas de vapor, hoy completamente olvidada. La época en la que La Neomudejar alojaba unas dependencias de la estación de ferrocarril de Atocha.

               

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.