Botero, intempestivo.

Lo confieso. Conozco la obra de Fernando Botero desde cuando pintó el Homenaje a Mantegna o el Niño de Vallecas y nos demostró que la pintura tenía la posibilidad de sobrevivir en una escena internacional del arte que ya giraba en torno a Nueva York y que por lo tanto salía del minimalismo para regodearse en el pop art. Pintura a la gran manera, aprendida a pie de los cuadros de los maestros del Museo del Prado y de los Uffizzi, incorporada y transformada en sus propios cuadros en un emocionante reverdecimiento de aquellos laureles. Y la he seguido desde entonces, convirtiendo ese deslumbramiento inicial en decepción y hasta en hastío, cuando él abandonó aquellos modelos y se dio a cultivar lo que podríamos llamar con Kenneth Frampton << regionalismo>>, encarnado en figuras gordas protagonizando escenas costumbristas, a las que solo redimía y aún redime su maestría como pintor. Y dibujante. Aquello, bien lo sabemos, fue un giro estratégico que le conectó con un público popular al mismo tiempo que le enajenó el apoyo de la crítica embarcada desde mítica exposición When attitudes become art de Harald Szeemann en la enésima muerte de la pintura, y en el culto sin restricciones a las instalaciones, las performances, el video arte, la fotografía… Fue en esa coyuntura hostil, en ese aislamiento sin remedio de la escena consagrada a la innovación tout court, que él se sacó de la manga la carta de la escultura en los espacios públicos, tan condenada al ostracismo en aquella temporada como la pintura de cuadro de caballete. Empezó colocando sus previsibles gordas de bronce en los Campos Eliseos y desde entonces fue un no parar: Nueva York, Madrid, Tokio, Florencia, Buenos Aires, Bogotá, etcétera. Y junto con las esculturas, las exposiciones en cuanto museo importante se nos antoje, hasta el punto de que es exacto el reclamo publicitario de la antológica de su obra que hoy mismo se inaugura en Centro Centro de Madrid, que proclama que<< es el pintor vivo mas expuesto del mundo>>. Y lo es porque, siendo como es un pintor intempestivo, anacrónico si se quiere, es simultáneamente un pintor empresario. Una versión de Rubens o de Murillo en la era digital, que compite con éxito con artistas que son igualmente empresarios tan exitosos como él: Jeff Koons, Damian Hirst, Anish Kapoor, Ai Wei Wei… Ha pagado muchos precios por lograrlo, entre ellos el más alto, el de poner su extraordinario talento artístico al servicio de estereotipos.

(17.09.20202)

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