Brumaria viene de publicar una recopilación de artículos y ensayos cuyo título va un poco a contracorriente porque reivindica de hecho al olvido. Reivindicación a la que se oponen quienes no admiten que se olvide la traumática y para tantos dolorosa experiencia del franquismo. Todavía hay demasiados cadáveres en las cunetas y tarda demasiado el retiro de los restos del dictador de la basílica del Valle de los Caídos como para que el debate sobre el papel del olvido en la política y en la historia se dé entre nosotros sin su buena dosis de rechazo e inclusive de indignación por parte de los ofendidos y los damnificados. Pasiones que faltan en cambio en la mayoría de los textos incluidos en esta recopilación que examinan la cuestión del olvido desde muchísimo ángulos, sin eludir obviamente sus relaciones tanto con la memoria en estricto sensu como con la llamada memoria histórica.

Mi contribución examinan la cuestión de la memoria desde una cierta fenomenología de la misma que constata la identificación actual de la memoria con el recuerdo que omite o reprime el hecho de que la memoria fusiona en realidad dos funciones contradictorias: el recuerdo y el olvido. Tal y como queda presente cuando se analiza el habla y descubrimos que sólo podemos hablar si simultáneamente recordamos y olvidamos la lengua en la que hablamos. Y si, en consecuencia, entrelazamos el pasado, el presente y el futuro en un movimiento sin fin cuya figura geométrica más apropiada es la cinta de Moebius. No sorprende entonces el título de mi ensayo: “El poder inagotable del olvido”. Añado que este análisis se entrelaza con el del proyecto de Marcelo Brodsky Buena memoria.
