El aire: el bien común por excelencia.

Mas que la tierra y el agua, si cabe: si no podemos respirar nuestra vida se extingue en pocos minutos, sin remedio. Pero este bien se ha tornado en un mal: en él nos aguarda el virus que puede enfermarnos y eventualmente matarnos, por lo que intentamos protegernos del aire envenenado con mascarillas y acatando sin apenas rechistar la orden del “distanciamiento social” que pone fin a toda conspiración, a todo aire compartido por conjurados que se reúnen para subvertir el poder establecido. Tomás Saraceno interroga esta ominosa mutación en el proyecto que actualmente presenta en este museo de Hesse, en la legendaria ciudad de Darmstadt, en el gran hall del mismo, consagrado ahora a la memoria de Joseph Beuys, el escultor social. Entre las piezas que lo integran la que me resulta mas estremecedora es la que hace sonar a las partículas que flotan en el aire, entre ellas las sustancias nocivas PM 2.5 y PM 10, a las que cabe una buena cuota de responsabilidad en el hecho de que, según la OMS, 4,2 millones de personas mueran al año en el mundo por causa de la contaminación atmosférica. Con este proyecto Saraceno llama a construir formas de asociación y cooperación que como el aire no reconozcan fronteras, en respuesta a una situación en la que ” tenemos nuestras prioridades al revés: el capital fluye libremente, mientas que las personas, la empatía y la cooperación se detienen en las fronteras”. (24.09.2020)

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