El arte en su invernadero.

La apertura de una nueva edición de ArtBo – la feria de arte contemporáneo de Bogotá – ha coincidido con la publicación por esfera pública de una encuesta titulada elocuentemente “De la precariedad del artista y la visibilidad como forma de pago”. Y cito al mismo tiempo ambos acontecimientos porque ponen en escena los dos extremos del mundo del arte. Su paraíso y su infierno. La feria encarna el esplendor del mercado del arte, su glamur. La encuesta, en cambio, la miseria que efectivamente padecen los artistas cuyas obras hacen posible no solo el mercado del arte sino toda la sofisticada superestructura que se asienta sobre las mismas: galerías, centros de arte, museos, escuelas y facultades, centros de investigación, publicaciones especializadas, etcétera.

Habrá quién no se sorprenda con este irritante contraste entre opulencia y miseria porque lo encuentra característico del capitalismo y todavía más del capitalismo depredador que actualmente navega impunemente por los mares del mundo con las banderas de la libertad de empresa y el libre comercio. Pero al hacerlo quizás no advierta que el estado actual del mundo del arte revela algo aún más profundo, más radical si se quiere. Me refiero al hecho de que ArtoBo – inspirada como prácticamente todas las ferias de América Latina en ARCO, la feria de Madrid – es como su modelo, un invernadero que incuba esa delicada flor que es el << mercado del arte>>. Cierto, hay ferias como ArtBasel y Freeze de Londres que si existen es porque, como cualquier otra feria, venden lo suficiente como para resultar rentables. ArtBo, en cambio, no vende lo que dice vender y si existe es porque las autoridades, las instituciones culturales y los medios de comunicación de masas están comprometidos al unísono con la defensa de la tesis de que el arte existe para y por el mercado y de su corolario: el mercado libre es la garantía de existencia del arte. Son estas exigencias políticas e ideológicas lo que explican en definitiva que tengamos una feria de arte cuya existencia no la justifica la realidad efectiva de un vigoroso mercado del arte. Es esta la deficiencia que saca a la luz la precariedad de nuestros artistas contemporáneos, cuyo trabajo si es auténticamente libre porque nada lo sujeta, pero tampoco nada lo ampara. Y menos un mercado del arte que no da ni para pagarlo como merece. (21.08.20)

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