Es la bienal del sonriente y liviano Rogoff y de los artistas amigos de sus artistas. La bienal del desafuero: 90 países. La del regreso en plan mastodóntico de la escultura, la de irrupción de la música, disputando con discreta eficacia espacios al sonido, la del acqua alta de los artistas asiáticos y el viraje de los chinos al cultivo de las secretas armonías del universo, la de los videos de animación dando sopas con ondas a los egocéntricos y a los documentales, la del presuntuoso y vacuo pabellón español, la del peor pabellón de Gran Bretaña en muchos años mientras que el de Alemania hinchaba las venas del cuello con un pedazo de muro cortina de cemento armado apabullante, el de Francia recuperando la magia decimonónica del teatro de fantasmagorías, el de Hungría la luz implacable de la fotografía bauhaus, el de Austria el fondo caníbal del amor romántico y el de México ocupando el lugar abandonado por el Vaticano con una versión sincopada de la vida de Jesús proyectada en doble pantalla. El mejor pabellón el del Perú y el resto de los que logré ver con mi pandilla, irrelevantes, previsibles o extraviados en el exotismo. La bienal del más grande espectáculo del mundo (del arte) convertido en hábito y en punto recurrente de encuentro de artistas de las cuatro esquinas del planeta empeñados en hacer algo suyo aunque termine, como todo, siendo inexorablemente del mercado. Y afuera: la exposición probablemente excesiva de la pinturas nebulosas de Luc Tuycman y algunos de sus mejores retratos, el cenotafio dorado de James Lee Byars de una redundancia y unos acabados irritantes, un deplorable despliegue de pinturas y fetiches contrahechos de Gunter Förg en un sombrío palacio veneciano y la arquitectura prodigiosa de Tadao Ando redimiendo la mediocridad de la colección del muy solvente señor Pinaut. Y dos episodios estremecedores: la retrospectiva de Jannis Kounellis en la Fundación Prada. Y el silencio del Gran Canal liberado por unas cuantas horas del ruidoso trasiego de los vaporetos rasgado apenas por el rítmico golpe de los remos en el agua dado por los tripulantes de canoas, piraguas y traineras. Todos venecianos disfrutando por un día de un canal que cotidianamente los turistas llenamos de ruido y furia.
(11.06.2019)
