Julia o la beatitud.

 

Julia tiene aura. Está tan ensimismada, tan ajena al ruido y al tráfico endemoniado de la plaza de Colon de Madrid, tan desentendida de todo lo que nos alegra, nos conmueve o nos duele, que por mucho que intentemos acercarnos nos resulta inalcanzable. El aura, esa distancia insalvable que derrota a la proximidad – Walter Benjamin dixit – que en su caso podría atribuirse en exclusiva a la blancura marmórea que la recubre íntegramente, anulando los colores que la vida imprime con fuerza en una cabeza de adolescente recién salida de la infancia como parece ser la suya. Y que la aparta de este mundo y la instala irremediablemente en otro, igual de inaccesible. Como bien sabían los escultores renacentistas y neoclásicos que convirtieron la pérdida accidental de colores sufrida por las esculturas de la Antigüedad clásica en una virtud y en un formidable recurso retórico. Pero Julia también se aparta de nosotros por la beatitud que suaviza sus gestos hasta el punto de hacerlos casi imperceptibles. La beatitud de los justos que han visto a Dios no a través de sus ojos mortales sino gracias a una “intuición directa, clara y distinta”- como proclama la teología dogmática. Cierto, no puede descartarse que Julia no haya visto a Dios porque para ella también Dios ha muerto, como tampoco que su lugar en la conciencia como una realidad inconmensurable que nos abruma haya sido ocupado por los poderes igual de inconmensurables que gobiernan nuestro mundo. O que sea este mismo mundo el que se presente a ella out of the joint, tan desaforado e inconexo que precisamente por serlo sobrepasa los límites y capacidades de comprensión de su solitaria conciencia. Los ojos de Julia no estarían entonces cerrados por el sometimiento, el rechazo o el pánico sino para dar testimonio de una beatitud alcanzada por quien ha captado de un solo golpe de vista el caos vertiginoso del mundo e intuyendo el orden secreto que lo rige se ha reconciliado con él.

Julia es una escultura de Jaume Plensa y a mí me resulta particularmente elocuente que sea una versión de la que él mismo implantó en 2009 en
St Helens, una localidad situada entre Manchester y Liverpool que aún conserva el doloroso recuerdo de la huelga de los mineros de 1984-1985, cuya derrota por el gobierno de Margaret Thatcher permitió que la City se apoderara por fin de todos los resortes de la economía británica. Y de su política obviamente. Por aquellas fechas remotas Plensa expuso en la galería Fernando Vijande de Madrid unas esculturas antropomorfas hechas de piezas de metal soldadas entre sí, tan aterradoras y sombrías que yo creí descubrir en ellas una oportuna alegoría del derrocamiento del poder de los obreros del hierro y el carbón por entonces en curso. La romería de los hijos y parientes de aquellos mineros, cuando no de esos mismos obreros, cruzando pacíficamente campos verdísimos rumbo a la explanada donde ese día se inauguraba la escultura beatifica de Plensa ofrecía un extraordinario contraste con las épicas jornadas de la huelga que puso fin a un ciclo histórico. Su título, Dream, no podía ser más apropiado.

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