
No me sorprende que Miguel Cereceda haya prestado atención a Julia – la escultura de Jaume Plensa instalada en la Plaza de Colón de Madrid- desentendiéndose o por lo menos tomando distancia de la agria polémica que se ha dado en estos días en torno a ella. Al fin y al cabo es de los pocos en el gremio de la crítica de arte que se hace entre nosotros interesado realmente en la cuestión del monumento. Y se comprende su insularidad. La mayoría de nosotros tenemos la mirada fija en lo que sucede en galerías y en museos de arte contemporáneo y por lo mismo se nos escapan los acontecimientos que ocurren fuera de estos escenarios, a los que incluso tendemos a mezquinarles la condición artística. Esta concentración de la mirada en dicho ámbito es nuestra servidumbre voluntaria o involuntaria a un régimen de visibilidad – de “reparto de lo sensible”, para decirlo con Jacques Rancière – que privilegia de manera exorbitante al individuo sobre la comunidad, la multitud, las masas o cualquier otra modalidad de lo colectivo. Que llega incluso al extremo ciertamente thatcheriano de negar la existencia de la mismísima sociedad. La galería de arte y el museo ponen en escena la concepción del arte como acontecimiento que solo ocurre al ámbito individual donde se despliegan la conciencia, los sentimientos, las pasiones o las pulsiones puramente individuales. El problema consiste en que las multitudes siguen allí, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, desbordando incluso escenarios tan estrictos como el de los museos con su cuerpo proteiforme y su vida digamos anímica o espiritual radicalmente contradictoria, que no pueden reducirse a términos exclusivamente individuales, por mucho que se pretenda.


Por esta razón me interesa Julia: por lo que ofrece de oportunidad de explorar las relaciones entre lo individual y lo colectivo gracias precisamente a su exposición a la mirada siempre distraída de la multitud y a su blancura fantasmal. Entre ambas logran que se haga evidente dicha relación. Como lo desea el propio Plensa quien, en una entrevista reciente en el diario El País, afirmó: “Esta niña, cuyo nombre o de dónde venga no tiene importancia, es una gran tela en blanco en para que cada quién pinte sus sueños al mirarla”. Yo ya pinté los míos en un postigo anterior en el que creí descubrir su aura y su beatitud, apoyándome tanto en su aspecto como de nuevo en las palabras de su autor, quien afirma que si la miras desde atrás “no puedes evitar preguntarte: ¿hacia dónde mira? Pero Julia está con los ojos cerrados. Mira hacia el interior e invita al resto a que lo hagan”. Cierto: mi sueño – o su delirio según se vea – apunta al exterior de sí mismo porque proyectar su interpretación de Julia en el ámbito de la religión, que es por definición colectivo. Pero aun así se mantiene en el ámbito imantado de mi individualidad. Es mi sueño y no el de otros. Por lo que me parece que vale la pena intentar otra vía de interpretación que se aleje todavía más si cabe de la subjetividad y que es la que ofrece la relación entre Julia y Dream. Una relación fundada en primer lugar en la similitud tanto formal como de emplazamiento. Ambas son cabezas del mismo blanco espectral y ambas están destinadas al espacio público. Sus historias sin embargo son muy distintas, sobre todo para mí. Dream fue erigida en 2009 en un bello parque natural aledaño a St Helens, una localidad vinculada históricamente a la minería del carbón, situada entre Mánchester y Liverpool. Un dato que me resulta elocuente porque cuando vi en los años 80 del siglo pasado la primera exposición de Plensa en Madrid – realizada en la galería Fernando Vijande – no pude menos que descubrir en sus ominosas esculturas de metal crudamente ensambladas una formidable alegoría de la crisis definitiva de la sociedad industrial que en esos mismos años estaba teniendo lugar en el mismo lugar donde nació: la Gran Bretaña. Crisis de la que fueron tanto agentes como víctimas los mineros del carbón que entre 1984 y 1985 protagonizaron una de las más largas y encarnizadas huelgas de la historia británica en contra de las política de Margaret Thatcher dirigidas a privatizar los bienes públicos y a despojar a los trabajadores de casi todos los derechos que tan duramente habían conquistado. La huelga desgraciadamente fracasó y con el camino despejado por esta derrota estratégica de la clase obrera, Thatcher pudo imponer enteramente su implacable programa neoliberal. El mismo que todavía domina la UE.
Estos recuerdos contrastan vivamente con las imágenes que ofrece un video incluido en la exposición de Plensa en el Macba de Barcelona, en la que se ve a una multitud de hombres, mujeres y niños marchando bajo un sol espléndido hacia la explanada donde se alza hasta los 20 metros de altura Dream, la escultura que Plensa quiso que fuera de ensueño. Me resulta imposible saber qué pensaron o sintieron los hijos de los supervivientes – y los supervivientes mismos – de la derrota histórica de los mineros del carbón ante tamaña invitación al sueño y a la introspección. Pero el solo hecho de que la aceptaran tranquilamente, en vez de apedrearla como apedrearon en el siglo xvi el David de Miguel Ángel los insurrectos florentinos, me resulta sumamente revelador de hasta qué punto ellos habían aceptado la invitación a disolver su conciencia de clase en el sueño de la individualidad liberada de toda atadura con el mundo. Y de sus persistentes injusticias.


