Romper cuadros y tachar libros.

Marusela Granell me confiesa que no tiene del todo claro porqué rompe cuadros y tacha libros enteros, siendo que es pintora de vocación y profesión y una lectora poco menos que compulsiva de libros de ensayo y poesía. Yo eché mano de la vulgata psicoanalítica y le sugiero que lo hace porque la domina una pulsión autodestructiva. Pensé añadir una cita muy apropiada de Óscar Wilde: destruimos lo que más amamos. Pero cambié de tercio y le dije que lo suyo es arte homeopático, el arte de inocular el mal en pequeñas dosis para conjurarlo e impedir su funesta propagación. Ahora cuando la pintura parece definitivamente eclipsada por la imagen en movimiento que se multiplica en las diversas pantallas, pintar resulta cada vez más un acto de resistencia. Una afirmación de tomas de partido, modalidades de la imaginación, de destrezas corporales y de una quietud que pertenecen a otras épocas y que solo son valoradas en los cuadros expuestos en los museos por ser claramente de otras épocas. Aclaro: valoradas a priori, de antemano, antes que realmente captadas en la intimidad de una mirada personal e intransferible, casi imposible de lograr como bien sabemos en los museos contemporáneos cada día más saturados de ofertas y de público. Y de obras que son consideradas maestras por los precios delirantes que alcanzan en los subastas de arte o en las tasaciones exorbitantes de las compañías de seguros. Las roturas de cuadros por parte de Marusela sería entonces un acto de resistencia en clave ludita: destruir el cuadro que enajena el acto de pintar y la mirada que le es propia. Pero ella es demasiado pintora para abandonarse definitivamente a la desesperación y los goces que traen consigo las pulsiones destructivas. De allí que después de romper sus cuadros concentre su mirada en los restos minúsculos de los mismos, los fotografíe a y luego los amplíe generosamente para obtener otros cuadros. Cuadros hijos del microscopio, si así puede decirse, que son por sí mismos una muda invitación a fijar la mirada y a concentrarla en los detalles que suelen pasar desapercibidos. Son pinturas de la destrucción de la pintura, que me trae a la memoria ese número de la revista Poesía, preparado por Chiqui Abril hace muchos años, cuyos cientos de páginas reproducían el Guernica de Picasso.
Esta reivindicación de la mirada en contra de la simple ojeada a la que nos habituado los incesantes estímulos mediáticos y publicitarios tiene su equivalente en los libros tachados por esta singular artista valenciana. Con esa tachadura viene a decirnos con fuerza que la lectura que ella ha hecho de los mismos es tan personal e intransferible como la mirada que demanda o demandaba la pintura. Que si en verdad el libro nos importa tenemos que buscar un ejemplar y emprender nuestra propia lectura del mismo. Y si no estamos dispuestos a hacerlo entonces sobran los libros.

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