
En la bienal de Shanghai le ha correspondido a la artista chilena Velospua Jarpa poner el dedo en la llaga: la censura. Su obra la viene abordando abiertamente desde hace años y ahora lo hace en un país como China donde la censura es igualmente abierta. Explícita. De hecho existe una dependencia del gobierno dedicada específicamente a esa tarea y han sido funcionarios de la misma los que exigieron que se tradujeran al chino los centenares de textos forman el cuerpo de las obras que expone en esta nueva edición de la bienal. Querían leerlos para saber si podían autorizarlos o no. Una exigencia tan difícil de satisfacer desde el punto de vista práctico dada la cantidad de textos involucrados que al final cedieron y permitieron que se expusieran sin que ellos pudieran conocer previamente su contenido. Eso sí con la condición de poner alrededor de las obras unas cintas que impidieran que los espectadores se acercaran lo suficiente como para poder leerlos. Una solución de compromiso que permitió a los censores salvar la cara al tiempo que revelaba su propia miopía. Los documentos utilizados por Jarpa son copias de los documentos resultado de las actividades de la CIA y de otros servicios de inteligencia americanos en los países latinoamericanos, desclasificados en cumplimento de unas leyes de transparencia aprobadas en los Estados Unidos por la presión de una opinión pública indignada en su día por el conocimiento de las sórdidas actividades encubiertas de sus gobiernos, obtenido gracias a la publicación por The New York Times en los años 70 del siglo pasado de los llamados Pentagono´s Papers. Para una China que padece actualmente los efectos de la guerra comercial declarada en su contra por el gobierno de Trump habría supuesto un punto a su favor la divulgación de documentos que prueban la persistente injerencia de los americanos en los asuntos internos de los países de su patio trasero. Los censores chinos no lo sabían o no quisieron dar crédito a quienes desde el equipo curatorial de la bienal bien podría haberles llamado la atención sobre este beneficio. Con su torpe conducta replicaron sin saberlo la de los censores americanos que han venido cumpliendo a su manera la obligación de desclasificar regularmente los documentos secretos. Los publican tan llenos de tachaduras que se hace muy difícil- y en ocasiones imposible- su cabal comprensión. La censura queda así tan plenamente certificada como lo está de hecho la censura china. Al tiempo que se revela su anacronismo, su carácter de método anticuado que corresponde a la galaxia Gutemberg y que por su descrédito resultan poco o nada eficaz por en la época de los mass media y los flujos ininterrumpidos de información. La obra de Jarpa pone en evidencia este anacronismo porque ante ella la cinta impuesta por los censores chinos resulta patética. Y no solo porque los documentos utilizados en la misma son en sí mismos muy difíciles de leer, como ya dije, sino porque son tantos y dispuestos además en una caudalosa cascada que cae del techo hasta el suelo que pierden completamente su condición de documentos legibles y se convierten en el cuerpo de una alegoría de la desinformación en los tiempos de opulentos flujos ininterrumpidos de información. Desinformación por exceso y redundancia de información – es tanta que terminamos pasándola por alto. Y desinformación por una orientación de los flujos que los focaliza en aquello que interesa al poder y los aparta de aquello que ese mismo poder no desea que se sepa. La decisión del presidente Trump de retirar las tropas americanas de Siria resulta en este punto elocuente. Antes de que la tomara no teníamos ni la más mínima noticia de que el gobierno de Washington había enviado allí 2.000 soldados. Y mira que durante los siete años que dura la guerra en ese martirizado país los media nos habían informado hasta la saciedad de cuanto allí ocurría. Se les olvido eso sí informar de que las tropas americanas también lo habían invadido.
