Murillo y la réplica a su conmemoración.

El IV centenario del nacimiento de Murillo ha sido celebrado en Sevilla exposiciones que dieron por hecho que para renovar el culto a este gran pintor bastaba con exponer sus obras, añadiendo cuanto más el atractivo de incluir- como ocurre en la del Museo de Bellas Artes – aquellas que ahora pertenecen  a museos y colecciones privadas extranjeras. Y que por lo tanto no se han visto en España desde cuando fueron saqueadas o vendidas por un artista que en su día las exportaba con frecuencia. Quienes la han organizado confiaban en que el  poder de su arte era suficiente para cumplir este objetivo. Pedro G. Romero y su equipo curatorial  no han estado sin embargo muy de acuerdo con esta estrategia a juzgar por el proyecto expositivo que  han puesto en escena y que es una réplica al ritual de las conmemoraciones celebradas por los grandes museos que fincan sobre todo su éxito en el logro de una gran repercusión mediática y unos públicos multitudinarios. Poco importa si precisamente esos logros se consigan  a cambio de trivializar la experiencia estética reduciéndola a una contemplación inevitablemente distraída.

Por el contrario, tanto el  título del proyecto – Aplicación Murillo – como  el subtítulo – Materialismo, Charitas, populismo – nos indican que lo que han querido sus comisarios  es  actualizar a Murillo, convertirlo en un contemporáneo nuestro no porque sus pinturas, desprestigiadas por la modernidad, nos vuelvan a interesar, sino porque el proyecto logre “encontrar la parte de Murillo que aún opera en el reparto de lo sensible del mundo contemporáneo (…) Pensamos que muchas de las practicas  visuales del arte de nuestro tiempo, tienen, lo sepan o no, una relación directa con los modos de hacer de Murillo”- tal y como lo afirma el texto incluido en el plegable que se distribuye en las sedes del proyecto. Cuyos contenidos se esfuerzan en demostrar esta tesis exponiendo obras que abordan  asuntos que ya concernían a Murillo y que ahora experimentamos de otra manera. O interpretamos de otra manera. O criticamos o deconstruimos. Me refiero asuntos como el papel crucial del mercado y de los espacios prestigiosos en los que se exhibe en el reconocimiento y la valoración de la obra de arte. El artista como figura o personaje público aureolado por mitos y leyendas. El artista como cabeza de un taller y como empresario. El artista como intérprete de una época, de sus creencias, su ideología y sus relaciones de poder y como artífice sobresaliente de su imaginario… Se comprende entonces que las exposiciones en el Espacio Santa Clara, la Sala Atín Aya, Cicus o el Hospital de la Caridad, sean de obras artistas de distintas épocas, incluida la nuestra, elegidos en función de su pertinencia a los propósitos del proyecto con independencia de su calidad intrínseca o de su relevancia en la historia del arte. Y junto a sus obras un conjunto heterogéneo de documentos que resultan igualmente pertinentes al propósito de ofrecer una mirada poliédrica de la obra y la figura de Murillo.

Por último: se podrá estar o no de acuerdo con la teoría defendida por Aplicación Murillo pero esto en realidad no importa demasiado porque las obras expuestas establecen un diálogo efectivo entre pasado y presente y una virtuosa articulación entre lo sensible y lo inteligible.

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