Una ópera para insumisos.

Se titula simplemente Order así, en genérico, y sin embargo es la obra de arte más extraordinaria que he visto en años. El feliz encuentro entre el arte y la política que he venido esperando durante demasiado tiempo de exposición en exposición, de bienal en bienal. Para mí es evidente que hay demasiadas obras que aunque aciertan en el terreno de la denuncia política fallan lamentablemente en los terrenos del arte. Sus autores creen o piensan que basta la nobleza del propósito o la justicia de la denuncia o de la reivindicación de una causa perdida para validar lo que hacen y se atreven a exponer. Como si el arte fuera un simple medio o instrumento neutro cuyo aporte se reduce a trasmitir lo que se quiere trasmitir. Order, en cambio, toma en cuenta seriamente al arte, la consistencia y la densidad de los lenguajes que hace suyos, los recursos retóricos que le son propios, así como las exigencias de calidad y de rigor formal que le son igualmente inherentes. Order es una ópera aunque sea una ópera filmada y aunque su brillante libreto incluya tanto desafiantes peroratas en contra de los despiadados  millonarios que asolan nuestro mundo como un par de discursos que desnudan en clave irónica lo que ellos realmente piensan del resto de los mortales. Morralla, mano de obra desechable, motivos de lástima o de desprecio. Ocasión para impúdicas exhibiciones de caridad o compasión.

De hecho el primero de los tres actos que la componen  nos muestra una limusina negra interminable que recorre las calles de Houston con dos lemas pintados en sus relucientes costados: Eat the reach y Kill the poor. Adentro una mujer tan bella como su voz canta su desprecio a los pobres mientras que afuera un piquete de Black Panthers recorre esas mismas calles con pancartas cargadas de lemas y denuncias. Esta misma clase de contraste ilumina el segundo acto, que sucede en un  centro comercial de Dublín y es protagonizado por un virtuoso coro de niños que cantan una desaforada loa al consumo. La cantan en alemán, mientras en un par de pantallas instaladas estratégicamente puede leerse su traducción al inglés.  El tercer acto es más intenso aún si cabe, quizás porque el espacio es claustrofóbico. El pent-house de lujo de uno de los hoteles más exclusivos de Londres, donde se celebra una cena de navidad de millonarios para millonarios. Y que es interrumpida cuando uno de los invitados se pone de pie, llama la atención de los presentes y se pone a cantar una cínica apología del modo de vida de los riquísimos. La réplica la ofrece una camarera negra, que en realidad es una soprano, y que a los glamurosos invitados les canta literalmente las cuarenta. Todo muy bel canto, todo muy operístico.

Esta obra prodigiosa es de Democracia y se podrá ver pronto y en triple pantalla en La Panera.

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