A vueltas con el monumento.

El sábado pasado (06.07.19) me fui a ver en Segovia la exposición Reconsiderando el monumento en el Palacio de Quintanar. Fuí con Marta Pérez Ibáñez, Esther García Urquijo, Adrián Piera y Miguel Cereceda, el comisario de la misma. Tendría que haber venido también Avelino Salas pero al final no apareció en nuestro punto de encuentro. Tampoco vino Corina, la eficaz coordinadora y fue una pena.  La exposición es exquisita, una de esas exposiciones que llamo de “cámara” porque su  discreto formato no ha impedido la incorporación de un amplio abanico de variaciones sobre un mismo tema. En este caso, el del monumento, él mismo lo suficientemente grandielocuente como para imponer incluso a sus críticos la grandielocuencia. Cerceda la supo evitar mediante una cuidadosa selección de obras y proyectos que cuestionan al monumento o lo interrogan desde muy diversas perspectivas sin caer nunca en la altisonancia. No lo hace ni siquiera Domingo Sánchez Blanco, una artista tentado siempre por el exceso , quien emplazo en la plazoleta situada delante del Palacio una columna hecha con quitamiedos de acero cuya contundencia neutralizó coronándola  delicadamente con los zapatos de charol rojos que solía usar en vida una amigo suyo, a quien así rinde un refinado homenaje.

Tampoco es enfática la obra de Leandro Erlich, que tendría motivo para  serlo porque consiste en una intervención suya en el desmesurado obelisco que domina la igualmente descomunal avenida 9 de julio de Buenos Aires. Él se limitó enmascarar su agudo pináculo y a exponer una réplica a escala natural del mismo delante del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. La castración metafórica de tan apabullante símbolo fálico realizada con suma delicadeza. El punto de desafuero lo puso en realidad Cristina Lucas, quien dejándose llevar por la indignación que le produjo la lectura de las páginas del Emilio que  Jean Jacques Rousseau dedica a defender el papel subalterno de la mujer en el orden patriarcal, promovió una acción colectiva en la que un grupo de féminas se dedicaron a profanar el busto de Rousseau emplazado en la plaza de las Salesas de Madrid.

María José Ollero optó en cambio  por una sutil exaltación del papel cumplido por las mujeres en ese mismo orden en unas lápidas de mármol que tienen el venerable estatuto de ruinas arqueológicas pero cuyos textos en bajo relieve son listas de la compra escritas originalmente por amigas y conocidas. Y Concha García escribió en  un largo muro de contención de Santander pasajes de Sotileza, una novela de José María Pereda. La escritura como lápida, como monumento, como remedio del olvido. La escultura fantasmal de un hombre maduro puesta por Bernardí Roig en el fondo de un poso nos recordó que el monumento desafía igualmente a la muerte con su inexorable pretensión de eternidad. Y la colección de maquetas de Fernando Sánchez Castillo, que reproducen las fábricas de ladrillo y sacos de arena con las que la República española quiso proteger los monumentos de Madrid de los bombardeos fascistas, vienen a decirnos que en torno a los monumentos se libran ásperas luchas por el poder.

En fin, hay muchas más obras realmente sugerentes cuando no inquietantes que justifican el viaje y cuya relación completa no cabe en este comentario. Pero no quiero concluirlo sin mencionar dos obras de Fernando Baena. La primera, pintada a alimón con Rafael Sánchez Mateos, consiste en un mural compuesto de pequeñas pinturas que representan toldos cubriendo completamente una plaza. La referencia a las ocupaciones duraderas de plazas emblemáticas del poder es inevitable. La otra es un video mono canal en el cual, sobre el fondo de una imagen del derribo por los comuneros de Paris en 1871 de la columna de Vendôme,  dos jóvenes mujeres hacen el amor con todo la libertad y el desenfado del mundo. Es la manera que Fernando ha encontrado de rendir homenaje a Courbet, quien fue juzgado y condenado como autor intelectual de dicho derribo.

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