Ciudadanos irresponsables.

Cuando recibí la noticia de la publicación de Ciudadanos irresponsables de Pedro A. Cruz Sánchez  temí que no fuera más que un tardío corolario de la oleada de ensayos escritos por nuestros más afamados pensadores a poco de decretarse a principios de marzo la  pandemia. Ensayos reunidos en una antología titulada con toda la mala intención del mundo “La sopa de Wuhan”, ilustrada para más inri por la cabeza de un murciélago. Pero su lectura me ha librado de esta injusta prevención. “Ciudadanos irresponsables” no es para nada subalterno o ancilar. Responde, por el contrario, a un esfuerzo por pensar la pandemia por y desde  el contexto español, por lo que se constituye en una manifestación de responsabilidad intelectual que no cabe menos que celebrar. Y precisamente por aquello mismo que su autor deplora: la crisis del concepto y la práctica del concepto de “responsabilidad” en una coyuntura en la que las autoridades al mando la utilizan con excesiva frecuencia como un argumento para eludir su propia responsabilidad y/o como un paliativo para remediar la insuficiencia e incluso la inconveniencia de sus decisiones políticas. Confusión a la que había que dar respuesta con un análisis como el realizado por Cruz Sánchez que pone en evidencia cómo al ciudadano convocado a la responsabilidad se le ha terminado haciendo culpable de una situación cuya cabal comprensión se le hurta y en la que se coartan medios de actuación distintos a los prescritos o reconocidos por los gobernantes. De hecho el covid-19 le ha sacado las vergüenzas a la biopolítica, que en esta funesta coyuntura se ha demostrado incapaz de satisfacer su oferta de “hacer vivir” mediante la reglamentación minuciosa de la vida social. La reglamentación en pro de la salud se ha intensificado como nunca al mismo tiempo que las tasas de mortalidad se disparan como nunca antes en periodo de paz. Aunque no solo ella. Este  ensayo cartografía en detalle todos los síntomas del desplome de la confianza pública que, atizado por los enfrentamientos políticos, ha multiplicado exponencialmente el número de escépticos. Y en un momento en el que la pandemia convoca a la acción común en defensa precisamente de la vida en común. La defensa que hace Pedro de esta última recorre todas las páginas de este iluminador ensayo y culmina en la defensa vacuna, el punto de su argumentación en el que se aparta de Roberto Espósito y se pone de lado de Jacques Derridá. Sin el concurso de todos, nos viene a decir, la vacuna poco o nada va a resolver.

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