Juana de Aizpuru. Galerista legendaria.

Tengo para mí que la extendida creencia de que la mayoría de las galerías de arte están en manos de mujeres se debe a la imponente figura de Juana de Aizpuru. Es tan poderosa su personalidad, es tanto y tan relevante lo que hecho, han impactado tanto sus iniciativas que muchos han terminado por confundir su nombre propio con el genérico de galerista. Cierto, no es la única en un apasionante oficio que ella ha compartido con Juana Mordó, Ita Buades, Marta Moriarty, Elba Benítez, Soledad Lorenzo, Oliva Arauna, Helga de Alvear, Nieves Fernández o Raquel Ponce sin las que no puede si quiera concebirse la escena artística madrileña de las últimas décadas. Pero con todo y lo importante que han sido o son todas ellas, creo que ninguna puede competir con Juana en términos de constancia y longevidad. A medio siglo exactamente de la apertura de su primera galería en Sevilla, ella, con 87 años bien cumplidos, sigue al pie del cañón, acudiendo diariamente a su despacho de la calle Barquillo de Madrid a resolver el día a día de una galería que se ha convertido en legendaria. Y ninguna de las mencionadas puede incluir en su currículo iniciativas como la de ARCO, la feria internacional de arte contemporáneo Madrid, cuya realización propuso cuando eran muy pocos los que creían que esta capital podría convertirse en un ciudad de ferias y cuando nadie – y probablemente ni ella misma – podía imaginar que la feria se convertiría en un acontecimiento mediático y en el fenómeno de masas que sorprendió a propios y sobre todo a extraños. La ciudad estaba sin saberlo a la espera de  algo así y cuando se le propuso supo responder multitudinariamente. La intuición de Juana falló sin embargo cuando decidió volver sobre sus pasos y proponer y realizar la Bienal de Arte Contemporánea de Sevilla. Logró que se hicieran dos ediciones antes de tirar la toalla. La ciudad está tan orgullosa y tan volcada en su feria de abril y en su semana santa que apenas logra conceder un espacio al arte contemporáneo. La BIACS no pasó sin embargo en vano. Le permitió a Juana  fichar a Harald Szeemann como curador de la exposición Real Royal Trip, el último de los desembarcos del arte español en Nueva York.

Puedo añadir muchas más menciones a su extenso currículo, subrayar por ejemplo, su participación pionera en ferias internacionales, su importación de los entonces jóvenes artistas del nuevo expresionismo alemán o su generosa apertura a las mujeres artistas. Pero me basta con decir que en estos tiempos tan aciagos para las galerías de arte, su sola presencia es un estímulo  y una invitación a la resistencia.

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