Isabel Coixet en Benidorm.

A mí la película Nieva en Benidorm de Isabel Coixet me resulta una buena respuesta al brexit. Un anti brexit incluso. Si es que brexit en realidad se ha consumado y las 500 densas páginas del Acuerdo suscrito hace pocos días por Londres y Bruselas no son más que la engorrosa acta notarial del sonoro portazo que tantos británicos han querido dar a Unión Europea. Que no estoy seguro. Pero si así fuera, si la ruptura se consuma, la película de Coixet viene a mostrarnos que nuestros vínculos con los británicos son tan intensos y tienen ya tanta solera que ella puede perfectamente continuar la inmersión en la cultura británica que emprendió en La librería sin necesidad de salir de la península. Le ha bastado para hacerlo con trasladarse a Benidorm, una ciudad que, con independencia de soberanías y propiedades, es tan británica como española, porque en ella los británicos son los protagonistas más notorios del delirio colectivo que es el verano de sol, playa y juerga, que transformó un modesto pueblo de pescadores en una selva de rascacielos. Benidorm es el producto, el escenario, la tramoya y el combustible de ese deliro, que Coixet ha querido poner en evidencia introduciendo en su historia un personaje verdaderamente anticlimático. Un empleado de banco aficionado por más señas a la meteorología, versión desabrida del Smiley de John le Carré, arrojado a la inopia de la jubilación prematura por una burocracia bancaria tan fría y despiadada como suele ser la estatal. Él es el encargado de poner en evidencia la consistencia ilusoria del turismo con su deambular por los bares, las discotecas non stop y las playa tras las huellas de su hermano, residente de antiguo en la ciudad, desaparecido misteriosamente. Su mirada es la de un alienígena, la de alguien que, enfundado en un inverosímil traje de funcionario, observa desde una distancia insalvable la ruidosa excitación y el desvergonzado desenfado al que se entregan sin aparente límite sus compatriotas. Distracciones, descargas libidinales, que obran como compensaciones indispensables a los rigores de la vida cotidiana sometida a la lógica del capital que padecen en su patria.

Cierto. No puede descartarse que el brexit ponga fin a esta duradera entente, tal y como lo ha pronosticado Tomas Ruiz-Rivas, autor de ese magnífico libro que es Benidorm. Diario de un artista. Tomás ha profetizado que la utopía de libertad, encarnada desde hace un siglo por las vacaciones en la playa, pronto cederá el paso en Benidorm a una distopía. En ausencia definitiva de turistas, sus rascacielos les servirán a las autoridades para confinar inmigrantes ilegales.

 

 

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