La coleccion del Santander como arcano.

La colección de arte del Banco Santander es tanto un tesoro como un arcano: abierta nominalmente al público solo se puede acceder a ella en ocasiones especiales y previa satisfacción de detallados protocolos de control. Por ello no me sorprende que el banco o mejor, la fundación cultural que gestiona este ingente testimonio, haya aceptado la propuesta de Nacho Ruiz y Carolina Parra de interpretar la colección, porque al fin y al cabo la colección es un enigma que cabe descifrar. E inclusive un jeroglífico o un ideograma del cual solo conocemos el significado de cada uno de sus términos pero no el que resulta de la específica conjunción de todos ellos. Porque saber que la colección es de un banco, que tiene su origen y sus vicisitudes, no basta sin embargo para despejar la incógnita que se cierne sobre lo que una reunión tan azarosa o fortuita de obras maestras llega a significar como conjunto. Una exposición es siempre un collage, independientemente de que las obras expuestas sean del mismo autor o lo sean de muchos. En cada una de ellas hay una perentoria invocación al aquí y ahora que no solo apela a nuestros sentidos sino también a nuestra inteligencia, a ese leer entre las líneas del conjunto que nos enfrenta, y que está siempre en busca de satisfacción. La Historia entre mayúsculas queda entonces suspendida y lo que resta es la invitación a que cada quien imagine una historia por mucho que al final resulte tan silenciosa y arbitraria como resulta toda colección y aún más si es tan desaforada como la del Santander. Nacho y Carlina han comprendido esta exigencia y han respondido a la misma intercalando las obras de 6 artistas en otros tantos bloques o núcleos que para ellos articulan la colección. Tanto para que tomemos conciencia de la existencia antes inadvertida de dichos núcleos como para dar pie a la imaginativa lectura que podemos hacer de los mismos. Esperan que funcionan como las claves en el pentagrama que determinan o señalan el camino de interpretación de un pasaje musical. Así la pinturas de Santiago Ydañez se ofrecen como clave de las de Gutiérrez Solana, el mural de Fernando Renes a las cerámicas de Alcora, los cuadros de Irma Álvarez Laviada desmontan los cuadros de los maestros del siglo de oro, las fotografías de Mira Bernabéu interrogan el presente del mundo del arte desde la mirada de los grandes retratistas del barroco y los cuadros de Sonia Navarro, invierten la flecha del tiempo y traen a la luz aquello que los tapices flamencos ocultaban: los nombres de las mujeres que los tejieron. He dejado para el final deliberadamente los enormes lienzos de José Medina Galeote que se enfrentan a los no menos desmesurados de José Luis Sert, que en su día adornaron los salones del hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Porque la meticulosa deconstrucción que ha hecho Galeote de su estructura formal, con todo y ser virtuosa, resulta inane ante la poderosa alternativa de interpretación de los murales de Sert que ofrece Francesc Torres en su admirable exposición “De colisiones en la autopista de la historia”, abierta actualmente en la galería Elba Benítez de Madrid. Los restos de la violencia iconoclasta que hizo presa de la catedral de Vic al comienzo de la Guerra Civil española, convertidos en relicarios en el MNAC de Barcelona y expuestos como si fueran obra suya por Torres nos ofrecen no solo la posibilidad de hacer una jesuítica composición de lugar sino de interceptar nuestra historia con la Historia. 10.10.19

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