La navaja de Ockham.

La decisión de Ramon Mateos de poner La navaja de Ockham como título a la exposición que inauguró la semana pasada en la galería Freijo de Madrid es arriesgada. Se arriesga a la incomprensión del espectador que no entiende porque ha elegido ese título para tan impresionante despliegue de unos restos humanos que parecen el resultado de un descuartizamiento salvaje antes que de una aséptica operación quirúrgica realizada por una navaja que, en cualquier caso, no sería la de Guillermo de Ockham. Porque la suya no fue una navaja in stricto sensu sino un principio lógico según el cual “en condiciones iguales se preferirá la explicación más simple”. Cierto, cabe recurrir a la elipse literaria, identificar a Ockham con el Guillermo de Baskerville que protagoniza la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco y pensar que no es tan disparatado asociar cadáveres con la impoluta navaja de Ockham porque al fin y al cabo Baskerville, su alter ego, viajó a un legendario convento para librar una crucial batalla teológica y terminó investigando unos crímenes enigmáticos. La lógica y el asesinato asociados de una manera tan insólita como inolvidable por la sofisticada novela de Eco. Pero esta referencia literaria me resulta sin embargo insatisfactoria habida cuenta del número ofensivo de miembros humanos utilizados por Mateos, que además parecen, como ya dije, víctimas de una violencia brutal antes que objetos de una fría disección anatómica. A mí este exceso me remite no tanto o no solo a la novela de Eco como a la época histórica de Ockham, quién tuvo un destacado protagonismo en los arduos debates teológicos que enfrentaron en siglo xiii a los franciscanos con el papado. Debates, reconstruidos con cierto detalle por Giorgio Agamben en Altísima pobreza, y en los que la orden fundada por Francisco de Asís se jugaba la vida. O lo que venía a ser lo mismo en una época de conflictos religiosos singularmente cruentos: su reconocimiento como una orden religiosa y no como una herejía expuesta a la justicia implacable de la Inquisición. Los teólogos del papado eran muy competentes y lograron poner contra las cuerdas a los franciscanos deconstruyendo magistralmente la renuncia a toda propiedad ordenada por el santo de Asís. Sólo que su argumentación era tan compleja que Ockham le salió al paso con un argumento en defensa de la simpleza que dio vuelta a la tortilla y que tuvo tanto éxito que terminó siendo dado por bueno por la ciencia moderna, siempre en busca de eficacia. 02.09.19

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