Los últimos días felices.

Vengo de leer el manuscrito de Los últimos días felices, la primera novela de Tomás Ruiz- Rivas, y estoy fascinado. Y no solo por lo bien  escrita que está sino porque me ha remitido a unas épocas de Madrid y del México DF que compartí con Tomás o si se prefiere con Carlos, el protagonista, que resulta ser su alter ego en esta historia. Que  no puedo menos que leerla como una crónica posible y plausible de ambas ciudades y ambas épocas centrada en personajes de carne y hueso cuyos nombres me resulta fácil adivinar. Historia en la que un artista en agraz, como lo era Tomas al comienzo de los años 90 del siglo pasado, opta por convertir su estudio en una galería de arte alternativa en la que exponen por primera vez tanto él como unos colegas suyos, entre los que habría de destacar – y de qué manera- Santiago Sierra. Que luego se marcha de repente al Distrito Federal y se da de bruces con él. Como nos las hemos dado todos los que hemos vivido en esa urbe desaforada, encrucijada de historias, pueblos y culturas, en el que se mezclan de manera incomprensible la cortesía desconcertante y la violencia desaforada, el vértigo de la riqueza superlativa y la miseria sin término ni remedio, la minoría que sueña el mismo sueño que los americanos han dejado de soñar y la hidra de mil cabezas del ingenio popular, alimentada por necesidades extremas y deseos perentorios. Tomás, o si se prefiere, su alter ego literario, se esfuerza vanamente por descifrar ese fascinante rompecabezas, como lo intentaron Malcom Lowry, D.H. Lawrence, William Burroughs o  Roberto Bolaños, sin olvidar a Serguei Einsenstein, Luis Buñuel o Sam Peckinpah. Para hablar solo de unos cuantos de los extranjeros. Todos seducidos en su día y hasta los tuétanos en ese <<laberinto de la soledad>> que diría Octavio Paz.

Esta novela me ha hecho pensar en “Intento de escapada” de Miguel Ángel Hernández Navarro, la primera novela de quien previamente se dio a conocer en el mundo del arte como un teórico muy notable, del mismo modo que Ruiz-Rivas lo hizo como activista cultural y ensayista. Un paralelismo en el que se entremete la figura de Santiago Sierra, que asedia a ambas novelas, y que en el arte y en la vida ha dado con el tono que mejor responde a la enigmática cacofonía mexicana.

(09.04.2020)

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