Cuando el pintor Carlos León conoció en Paris la poesía de Lucien Becker y quedó deslumbrado por ella no pudo imaginar que muchos años después terminaría ilustrando uno de sus mejores libros. De hecho, cuando Julio, dueño de la editorial La cama de sol, le propuso hace unos meses que lo hiciera, él se quedó de una pieza, como solía decirse. No esperaba que alguien le hiciera esa propuesta y menos alguien como Julio, que no tenía ni idea de su temprana fascinación por un poeta que desapareció de la escena literaria francesa en los años 60 del siglo pasado, cuando, después de publicar en 1961 L´été sin fin, decidió abandonar la poesía y refugiarse en la ciudad de provincia donde en 1984 murió. Yo no me habría enterado de este milagroso resultado del azar o de las leyes secretas que gobiernan el curso de la poesía en la historia si no hubiera asistido en la tarde de ayer (31.01.19 a la galería Fernando Pradilla de Madrid en respuesta a una invitación de mi amigo y colega Francisco Carpio. Él es el curador de Trasatlántica, una exquisita exposición colectiva que reúne obras de artistas de ambas orillas del océano, abierta actualmente en dicha galería. Y quiso completar la faena ofreciendo un recital de su propia poesía e invitando a que la precediera la presentación que hizo Javier de su editorial y de sus libros más recientes. El primero, El hombre alegría de Christian Bobin está ilustrado por José María Sicilia y el segundo, Los días más bellos de Lucien Becker está ilustrado por León, como ya dije. El término “ilustración” resulta insuficiente en este caso, dada la intensidad del dialogo entre el poeta y el artista que se da en ambos casos. Y que en el caso de la pareja Becker/León cuenta a favor de dicha intensidad no solo la admiración de vieja data de Carlos León por Becker sino el hecho de que Carlos es un excelente pintor y un notable poeta. Como podemos comprobarlo quienes diariamente visitamos su muro y descubrimos diariamente tanto imágenes de sus cuadros recientes como muestras adicionales de su talento poético.
Cierro esta nota con esta muestra del mismo:
“Caminaba lejos del pueblo, la niebla era lechosa, muy densa. El sol penetraba a veces en esa masa húmeda y la temperatura se templaba. El silencio y la luz adquirían entonces un espesor que convertía el momento en una bocanada de esplendor sagrado. Para el niño que se había echado a los caminos tras de un doloroso trance, poseído por la cólera y el llanto, y que buscaba respuestas y algo de sosiego en aquellas soledades, la bruma era un manto amoroso, una hermana cuya caricia agradecía.”
Y remato con estos versos de Becker:
“Nadie puede estar seguro
de que su cuerpo
no sea una planta
que la tierra ha creado para
dar un nombre a su deseo.”
