Westerman y la imaginación bizarre.

 

Yo soy de los que piensan que el cine mudo y el cómic son las fuentes auténticas del dadaísmo y el surrealismo. Dos movimientos muy potentes y de dilatada influencia en las esferas del arte y la cultura, cuyos afamados precursores probablemente no habrían llegado a pensar y hacer lo que hicieron durante y después de la Gran Guerra – la guerra que iba a poner fin a todas las guerras (sic) – de no haber sido invadida previamente su imaginación por el cine de Charles Chaplin y Buster Keaton y por esa revolución del cómic que fue Krazy Cat. Sin los gags disparatados del uno y del otro, así como sin el humor negro y disparatado de ese comic y de tantos otros que entonces le secundaron, les habría resultado más difícil romper no solo con el academismo sino con ese sedicente sentido común que había desembocada en la más absurda de las matanzas perpetradas hasta la fecha en Europa. La siguiente, la de la Segunda Guerra Mundial, fue más bien fruto de una cínica perversión.

Traigo a cuento esta tesis es porque me parece la mejor guía posible para abordar la visita a Volver a casa – la gran exposición de H.C. Westerman, abierta al público(06.01.19) en el Museo Reina Sofía de Madrid. Cierto, la obra de este hombre es vastísima y toca muchos palos pero si algo tienen en común es que todas o por lo menos la mayor parte de la misma parece responder a la clase de imaginación formada, no en los museos y las escuelas de arte – aunque se haya formado en la muy prestigiosa de Chicago-, sino en el cine y sobre todo en los cómics. Tan libres, tan admirablemente delirantes. Por lo que cabe decir que la de  Westerman es una  imaginación bizarre – un término que en inglés remite a lo extraño y a lo contrahecho, a diferencia de nuestra “bizarría” que se atribuye a quien es gallardo o bien plantado.

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